Chile: Proyecto Waldorf Entorno Educador

 

En 2011, en Concepción, un grupo de personas apoyado por Peter Guttenhöfer puso en marcha el proyecto Entorno Educador, con el objetivo de que los niños presenciaran y formaran parte del trabajo de los adultos. El proyecto está influyendo positivamente en el entorno y está impulsando el planteamiento de la educación orientada a la acción.

Hoy en día un niño apenas tiene oportunidad de ver a los adultos trabajando. Trabajamos todos tan duramente que apenas tenemos tiempo de ver a nuestros hijos. Además nos vamos de casa por la mañana temprano y volvemos casi por la noche; el niño no tiene idea alguna de lo que hacemos durante todo ese tiempo. O nos pasamos sentados horas delante de un teclado o hablando por teléfono; metemos ropa en una máquina y le damos a un botón; salimos disparados al supermercado para comprar la cena. En las escuelas las cosas no están mucho mejor. La maestra les cuenta a los alumnos lo que sabe; el plan de estudios tan saturado no le deja tiempo para trabajar en el jardín, coser o simplemente fregar el suelo. Y luego nos quejamos de que la gente joven de hoy no sabe trabajar como lo hacían las generaciones anteriores.

 El entorno es educador

En 2011, bajo la dirección de Peter Guttenhöfer, experimentado maestro Waldorf y formador de maestros, un pequeño grupo de familias en Concepción puso en marcha un nuevo impulso pedagógico, nuevo o quizás muy antiguo: un impulso profundamente arraigado en la Pedagogía Waldorf, pero sin las limitaciones de una estructura escolar.

«Ah, se refiere a una escuela», me decían. «¿Pero qué es realmente una escuela?», nos preguntábamos. La escuela es lo que separa conscientemente el aprendizaje infantil del trabajo del adulto; es una preparación para el mundo, pero apartado del mundo. En cambio, lo que queríamos crear nosotros era un entorno educador, un entorno del que pudiera brotar una educación conjunta, un lugar en el que las familias pudieran realizar un trabajo que tiene visibilidad y sentido; donde cada individuo realizara su propia y especial contribución a la comunidad: educación orientada a la acción.

«¿Qué pasa entonces con Matemáticas, Lengua, Historia y Ciencias Naturales? Los niños no aprenden todo eso solos si lo único que hacen es trabajar en el jardín» ¿Trabajar solo en el jardín? Trabajar la tierra de manera intensa y con sentido no significa solo producir buenas verduras o hermosas flores, significa aprender percibiendo y vivir en armonía con el ciclo de la luna, del crecimiento de las hojas o del movimiento de las estrellas. Todo son cifras que están esperando a manifestarse. Tenemos que hacer uso de las matemáticas más prácticas para medir los campos, calcular las cosechas, hacer el reparto de los ingresos.

La lengua, leer y escribir, poesía y prosa, surge por sí sola en nuestros trabajos diarios, a partir de la observación de las estaciones anuales, del maravilloso despertar de cada semilla. Y cuando llega la hora de un descanso a la sombra es el momento para una historia: un cuento popular, un mito, una representación histórica, según la edad de los niños que nos rodean.

Y las ciencias naturales se pueden practicar mucho mejor en un jardín que en un aula cerrada. Por supuesto, también se baila y se canta, cuando la comunidad se reúne para celebrar y agradecer. Y así con todo.

 

 

El adulto trabajador

En una escuela el trabajo de los adultos es dar clase. Para aprender algo, el maestro tiene que prepararse, estudiar previamente para garantizar que el niño aprenda. Incluso en la escuela Waldorf la maestra se ve obligada a saludar a los niños con las manos vacías. Simplemente no tiene tiempo para plantar verduras, coser mantas o hacer cestos, ¡pues aún tiene que preparar una clase principal!

En el proyecto Entorno Educador intentamos darle la vuelta a esto: a los adultos que tienen un trabajo que cumplir los ponemos en el centro de la experiencia del aprendizaje. Los niños nos perciben en la vida activa, y todo el aprendizaje brota de esa relación: un aprendizaje que no está separado, sino integrado en la vida del trabajo.

En la teoría todo esto parece muy bonito y bueno, pero rápidamente nos dimos cuenta de que realmente no sabemos muy bien qué quiere decir un trabajo lleno de sentido. ¿Es algo que nosotros mismos percibimos como satisfactorio? Entonces decidimos, cada uno por sí mismo, plantar flores, escribir historias u hornear galletas, mientras los baños nos dicen a voz en grito que necesitan ser limpiados. O bien empezamos a confeccionar encantadores dibujos botánicos, mientras al otro lado de las ventanas las sobrecargadas ramas del manzano pedían ser podadas. ¿Era ese un trabajo con el que los niños podían aprender algo?

Escuchar a la tierra

Durante el transcurso del primer año empezamos a darnos cuenta de que el trabajo se vuelve trascendental cuando está en equilibrio con aquello que ese lugar y esas personas, aquí y ahora, necesitan de nosotros, y no con la visión idealizada de un futuro perfecto. Lo primero que hay que aprender es a escuchar las voces de las personas y de la naturaleza en el entorno y después aspirar a entender lo que nos dicen. Solo entonces estamos capacitados para ponernos a su disposición con la cabeza, el corazón y las manos.

El arte de escuchar profundamente a la tierra se practica demasiado poco, quizás tan solo por un puñado de agricultores biodinámicos. O por los artesanos: tejedores que completan su arte desde la oveja hasta la rueca, tejedores de canastos que recogen las cañas en la vega, que maceran los proyectos de construcción de casas; trabajadores de la madera que encentran su material en bosques hace tiempo abandonados; alfareros que buscan la arcilla en los lechos de los ríos y terminan cada pieza a mano.

Influjo en las micro-escuelas

El arte de escuchar a los niños ha sido cuidado durante un siglo de forma consciente y esmerada por los maestros Waldorf, una especie demasiado rara. Desde que nuestro proyecto Entorno Educador comenzó en 2011, Peter Guttenhöfer ha trabajado con nosotros cada mes de febrero. Durante estos cuatro años se han creado un gran número de micro-escuelas de inspiración Waldorf en el sur de Chile; y cada año surgen nuevas. Muchas de ellas han participado en nuestros encuentros anuales de educación orientada a la acción en Concepción. Son iniciativas muy pequeñas que aspiran a ver la profundidad de aquello que Rudolf Steiner compartió con nosotros, pero que a la vez ponen en cuestión las estructuras convencionales de las escuelas, y en su lugar desean crear una red de comunidades de trabajo y aprendizaje.

Este febrero celebramos en la escuela Waldorf San Francisco de Limache, cerca de la capital Santiago un encuentro entre profesores y agricultores. En ese mismo mes, del 25 de febrero al 1 de marzo, tendrá lugar en la escuela Waldorf Aitiara en Botucatù (BR) un congreso con 130 participantes y numerosos conferenciantes, entre ellos Peter Guttenhöfer y Ute Craemer de Monte Azul, Sao Paulo (BR), que compartirán con nosotros su experiencia en el arte de la conformación de comunidades. Esperamos que este impulso en Chile y en Brasil arraigue y se extienda por toda Sudamérica.
| Joanna Coghill,Concepción (CL)