Elaborado grupalmente y firmado por Erandi Solís Ochoa;

Era un día soleado y ya nada más faltaban dos meses para mi ceremonia de iniciación. Estaba muy emocionado pues me convertiré en un hombre, por fin seré un guerrero. Tiene mucho que nuestro pueblo no va a batalla, o al menos eso dicen los abuelos. El abuelo Tatei ha de ser el último que vio a nuestros fuertes guerreros pelear pues desde que yo tengo memoria los guerreros se encargan de cuidarnos cada día al caminar. Ellos marcan el camino, eligen los senderos y buscan en el cielo al águila. Yo nunca he visto un águila pero he oído que cuando ella aparezca nuestro pueblo finalmente podrá descansar. El hueytlatoani nos dice cada noche que hemos de abrir bien nuestros ojos y buscar a lo lejos un águila que, posada en un nopal, coma una serpiente. Largas lunas han pasado y los pies se nos han acostumbrado a caminar buscando.

 

Para convertirme en guerrero he de matar un coyote y su piel honrará mi valor. Tengo miedo pero es más mi deseo de demostrar que puedo convertirme en el protector de mi gente, tengo 14 años y ya no soy un niño; puedo ganarme la piel de coyote y el fuego sagrado; ojalá eso sea suficiente para ganarme también el corazón de Citlalli. Mientras caminamos me gusta ver sus negras trenzas moverse con el viento, o escuchar el sonido de su risa. Me da más nervio ver sus ojos negros que matar al coyote que dicen nos ha andado rondando. Entre más pronto mate al coyote, más pronto podré ver los ojos de Citlalli. ¡Mañana temprano me convertiré en guerrero!

No sé muy bien qué pasó esa mañana. Recuerdo haber salido temprano de mi tienda, me despedí de mi madre y de mis hermanas, les dije que volvería siendo un hombre. Recuerdo el olor del copal, los rezos de mi madre y el sol que bailaba sobre el desierto mientras buscaba a mi presa. Tardé en encontrarlo hasta que por fin escuché un ruido, giré, y ahí estaba frente a él. No tuve tiempo de agarrar mi arma, no tuve tiempo de correr, no supe qué pasó pero pronto sentí el golpe del suelo y mis ojos se llenaron de agua ¿Era agua? No, era mi sangre que corría sobre mi rostro. Mis ojos se empezaron a cerrar hasta que sólo vi oscuridad.

Cuando desperté sentí comezón detrás de la oreja, me intenté levantar pero sentí mareos, el suelo de pronto se veía muy cerca. ¿Qué estaba pasando? No entendía qué pasaba, oía voces de gente que murmuraba y lloraba. Intenté acercarme a ellos para preguntar qué pasaba pero parecía que todos habían crecido tanto más que yo, les llegaba a las rodillas a estos gigantes. Intenté preguntarles qué estaba pasando pero los aullidos de un perro se oían más que mi voz. Confundido me alejé de la gente y busqué algo de beber. La oreja seguía dándome comezón mientras caminaba hasta un charco cercano, al acercarme para beber agua ¡Cuál fue mi sorpresa a ver un Xolo! ¡Qué estaba pasando! Intenté buscar mis manos pero ahora tenía patas y una cola que se mecía de un lado a otro. Grité, o más bien ladré. Busqué a los humanos y ¡qué alivio sentí al ver que ellos también corrían hacia mí! Seguramente se habían percatado que algo andaba muy mal. Salté hacia ellos y ellos me abrazaron, me decían que todo esto pronto terminaría, yo pensé “¡En hora buena, ellos saben quién soy y lo van a arreglar!”, pero después dijeron más cosas que ya no les entendí. Decían que pronto tendría que cruzar un río y que no debiera perderme, que fuera de frente y que no dejara de caminar hasta llegar al más elevado de los 13 cielos. Al llegar a la casa, me percaté que olía a copal y a flores y recordé ese olor, yo había olido esa combinación antes: en el funeral de mi abuelo. Ladré y ladré pero nadie me explicaba qué sucedía. Me bajaron, me jalaron del cuello y me ataron un lazo del cuello, yo no entendía nada y cada vez sentía más miedo. Ladré y jalé del lazo con tanta fuerza como puede hasta que sentí un fuerte dolor de cabeza y después no sentí más.

Ahora me encuentro aquí, en este lugar que no conozco hay verdor hasta donde mis ojos alcanzan a ver y de cantos de cenzontles llenan mis oídos. La luz del sol no me quema pues el agua me refresca. Hay un lago aquí... no, hay 7 lagos y a lo lejos veo dos altas montañas blancas que nunca había visto antes. Me levanté y caminé en este paraje ¡Qué alegría tener pies de nuevo! Anduve largo buscando a alguien que me pudiera decir dónde estaba, qué había pasado, dónde estaba mi gente, pero no encontré a nadie. El sol estaba alto en el cielo cuando vi sobre una flor un colibrí y me acerqué a verlos, una vez que estaba tan cerca como para tomarlo entre mis manos él se levantó a la altura de mi cara, casi como si me estuviera mirando. Después se dio la vuelta, voló lentamente frente a mí y yo lo seguí. Cuando yo paraba dejaba de caminar, pues el cansancio ya se apoderaba de mis piernas, el colibrí revoloteaba a mí alrededor hasta que volví a seguirlo. Era casi como si quisiera decirme algo. Y realmente era así. El colibrí me guió hasta la sombra de un nopal grande y ancho donde por fin me dejó sentarme a reposar. Mis ojos se cerraban ya de sueño cuando perdí de vista al ave y tampoco me percaté de dónde llegó un hombre majestuoso, vestido en pieles de animales, con un penacho verde como el colibrí y morado como la flor del amaranto. En sus manos llevaba nobles armas y fuertes escudos. En su voz se oía la fuerza de todos los guerreros de mi gente y la sabiduría de todos nuestros sacerdotes.

“Huitzilopochtli es mi nombre, soy hijo de Ometecuhtli y soy el sol que ilumina a tu gente a cada paso que da. Los largos han sido los años de búsqueda para nuestra gente y más largos serán aún mientras no nazca entre ellos un verdadero guerrero.”

“Tenemos fuertes guerreros, y yo quiero ser el más grande de todos ellos” le contesté.

“Tendrás la oportunidad de serlo si de corazón deseas servir a tu gente. Ahora Tonatiuh tú has muerto dos veces ya y tendrás la oportunidad de morir una tercera vez. Puedes elegir en qué cuerpo será tu última muerte.”

Pensé en mi mamá, en mis hermanas pero mi alma saltó de emoción al pensar en volver a ver los ojos de Citlalli. Deseaba volver a mi casa, a mi familia, a mis amigos mas mi corazón me decía que si deseaba ser el mayor guerrero en la historia de mi pueblo, otra debía ser mi decisión.

“Deseo morir con alas de águila” Contesté ante Huitzilopochtli y cerré los ojos intentando no llorar por mi familia y por Citlalli.

De pronto el aire lleno mis pulmones y mis ojos se abrieron a un mundo de color, la velocidad, la frescura, la libertad embargaron mi cuerpo cubierto de plumas. A lo lejos veía el sol naciente y debajo de mi veía la caravana de gente que andaba del mismo modo que había hecho durante tantos años. Vi a lo lejos las montañas blancas y los 7 lagos. Vi también el gran nopal frente al cual el hombre me había hablado.

Volé por encima de mi gente, de mi madre, de mis amigos y de Citlalli, me llené de emoción de ver sus bellos ojos brillar de emoción al verme. Ellos gritaron al verme y yo me acerqué al suelo a tomar una serpiente que divisé. Volé hasta el gran nopal, extendí mis garras y me tomé de él y ahí esperé en el que sería el nuevo hogar de mi gente.