Por: Sabina Rosenzweig Hidalgo,

 

En tiempos inalcanzables y remotos,

Desterrado de nuestra memoria,

Enterrado en tornados y terremotos,

Se halla el comienzo de nuestra historia.

 

Guerreros sin alma y de espíritu fiero

Rondaban salvajes cual huracán;

Veneraban a dioses y reyes del cielo,

Uno del sol y otro del Vendaval.

 

Guiados por el colibrí, deidad de la guerra,

Movidos por la fuente que le tenían,

Buscaban la señal a su futura tierra,

Milagro que posible no creían.

 

Cruzaron la ciudad del dios emplumado,

Y un muro de cráneos erigieron;

Y cuando al gran colibrí se hubo marchado,

Sin titubear, adelante siguieron.

 

Al terminar el sol su largo trayecto,

Prendían ellos un fuego nuevo,

Honraban un ciclo de vida y lamento,

Y observaban el baile del fuego.

 

Cuatro ciclos de incendio y sol dejaron atrás,

Sin esperanzas ya de algo encontrar,

Deseaban volver a su hogar, la ciudad de Aztlán,

Y su búsqueda por siempre olvidar.

 

Entonces, rodeado de bruma y niebla,

Oculto en el centro de un gran lago,

Con espinas que la piel rasgan y quiebran,

Se erguía un nopal, signo aguardado.

 

Sobre la verde cactácea, impetuosa,

Alas batiendo y ojos chispeando,

Un águila dorada, ave majestuosa,

Tomaba a su presa, garras flameando.

 

Una serpiente de encendido color verde

En las letales garras se debatía,

su inminente final la serpiente no entiende,

y por vivir un día más se retorcía.

 

Teniendo la señal frente a sí, el pueblo

levantóse en gritos de victoria;

lo imposible ocurrió, empezarían de nuevo,

y el águila sería un símbolo de gloria.

 

Ciudad flotante los Aztecas crearon,

Gran orgullo de su vasto imperio;

Honrando al nopal, Tenochtitlán la nombraron,

Y así quedó hasta el evangelio.

 

REAGHAN ARUNDEL