Por: Emiliano Román García Bustamante.

En una mañana cálida, en un pequeño pueblo escondido entre las montañas, en una pequeña casa techada con tejas, vivía un niño de tez morena, cabello negro como la noche y ojos grandes y llenos de curiosidad. El nombre de este niño era Diego. Diego recogía pequeñas ramas y hojas de la tierra seca de su patio para construir un refugio, mientras que, dentro de su casa, su padre José y su hermano Miguel se armaban con sombreros y rifles; su madre estaba en la cocina preparando un caldo de setas para cuando volvieran. Diego había pedido en repetidas ocasiones a su padre que si podría acompañarlo, argumentando que podía ser de gran ayuda y cada vez que lo decía, su padre contestaba:

−Diego, tú posees una gran fuerza de voluntad, pero la gente de ahí fuera sólo ve la fuerza bruta; es un mundo lleno de peligros y maravillas. Ya sabrás cuando estés listo.

A lo cual, Diego replicaba:

−Pero yo soy fuerte −al tiempo que levantaba cualquier cosa a su alcance que le pareciera pesada.

−Diego, el día que logres subir por tu cuenta al caballo, ese día me acompañarás.

Su hermano le daba un abrazo y le decía, con una sonrisa tranquila, que cuidara la casa. Esta clase de comentarios hacían que Diego se sintiera importante, como una autoridad. Su padre y su hermano partían galopando y Diego los ve hasta que desaparecen en las montañas.

Un día, Diego se encontraba en la casa ayudando a su madre con los deberes: desganado lavaba los platos, guardaba la ropa y cuando acababa salía al patio a jugar. Al día siguiente era lo mismo y así sucesivamente. Al caer la noche, su padre y su hermano volvían a la casa, cenaban y contaban su día. Después, Diego se iba a acostar en su petate y su madre cada noche le contaba la historia de cómo sus antepasados habían descubierto las tierras en las que nació, por una señal de los dioses al encontrar sobre las espinas, un águila devorando una serpiente. Esa historia lo fascinaba.

Un día, Diego había terminado sus quehaceres y se encontraba jugando en la parte trasera de la casa. Estaba acabando de construir un nuevo refugio, cuando, de repente, escuchó un sonido distante. Ese mismo sonido se repitió tres veces y después de unos momentos de absoluto silencio, alguien tocó la puerta estrepitosamente. Era un hombre delgado. Pudo ver cómo le decía algo a su mamá. No podía escuchar lo que era, pero ella parecía preocupada. A través de la ventana, lanzó una mirada a Diego y salió corriendo con el hombre delgado. Esa noche su hermano no llegó a cenar y su padre se encontraba muy herido. Esa noche Diego se arropó solo y después de eso no volvió a escuchar la historia del águila y la serpiente. A pesar de eso, nunca olvidó cada ocasión en que la había escuchado.

Su padre se mantuvo en cama durante varios días y varias noches sin mejorarse. Un día lo llamó y le dijo que iba a hacer un viaje a un pueblo muy lejos de ahí, donde necesitaban su ayuda y que, tal vez, cuando fuera grande como él podría ir a visitarlo. Diego quería acompañarlo, pero la mirada de su papá lo mantuvo en silencio y para la mañana siguiente, su padre ya había partido.

Transcurrieron semanas, meses, años… ocho años y las cosas sólo empeoraban. El pequeño pueblo donde él vivía con su madre fue tomado por hombres de tez blanca, que los obligaban a pagar por sus propias tierras y eran abusivos con su gente. Fue entonces que Diego hizo lo que sería una decisión que cambiaría su futuro y el de toda la gente en el pueblo. Podía quedarse en su casa, sometiéndose a los abusos de estas gentes, sin hacer nada al respecto, o podía tomar el sombrero de su padre y su rifle. Intuitivamente tomó la segunda opción. Antes de marcharse en el caballo, le dio una última despedida a su madre, llenó un bule con agua y partió hacia las montañas con un pelotón de hombres inspirados por su voluntad y decisión.

Durante largas noches vagaron por campos de milpa y caminos escarpados. Un día se detuvieron a descansar en lo que parecía ser un pueblo deshabitado. Ese mismo día, de los veintiséis hombres que tenían al partir, habían perdido ocho y con suerte lograron escapar por el valle.

La noche comenzaba a cubrir el cielo y todos tomaban turnos para dormir y hacer guardia. De pronto, se vio un destello desde las sombras y sonó un estridente ruido que los despertó a todos de golpe; sincronizadamente, más destellos comenzaron a aparecer de diferentes áreas con el estruendoso sonido de la pólvora explotando. Los hombres caían uno a uno, alrededor de Diego. Finalmente, recibe un disparo en la pierna y cae junto a todos sus compañeros y permanece inmóvil.

Todo está en calma, el enemigo se ha retirado y Diego intenta subir a su caballo forcejeando; finalmente lo logra y comienza a galopar sin rumbo. Después de unas horas llega a una vieja capilla. Afuera de ésta se encuentra un hombre sentado, con un gabán blanco, que tenía una franja verde en un extremo. El hombre se levanta y lo ayuda a desmontar. Sin decir palabra alguna, lo recuesta en el suelo y Diego cae dormido. Al despertar, ya no hay rastro del hombre, voltea a ver su pierna y se da cuenta de que está enrollada en el gabán. La desenvuelve y se sorprende al ver que estaba ilesa. Extiende el gabán y observa cómo ahora hay otra franja en el lado contrario: una franja roja pintada con la sangre que derramó. Sin pensarlo dos veces, espoleó su caballo y partió como rayo a su pueblo. Al llegar, no encuentra a nadie. La gente blanca los tenía amenazados a todos y le preparan una embocada. Él sabía que no iba a sobrevivir, pero si morir implicaba liberar a su pueblo, entonces así lo quería.

Cinco personas armadas y a caballo aparecieron de entre las casas y Diego, con decisión, comienza a hablar:

−Si fallecer significa hacerlo protegiendo a la gente y tierra que amo, entonces que así sea.

Y desenvainando el machete arremete con fuerza contra ellos, logra derrotarlos, pero queda con una herida profunda en el estómago. Todo el pueblo acude a verlo y él sostiene con fuerza el gabán Verde, Blanco y Rojo. Con las fuerzas que le quedan aún, dice:

−Gente, acérquense y escuchen con atención. De ahora en adelante, nuestro pueblo será representado por estos tres colores. El verde representa la esperanza que nunca perdimos y la independencia que hemos conseguido; el rojo, la sangre de nuestra gente que fue derramada con injusticia y el blanco, la unidad y la paz que ha llegado a todos nosotros.

Al terminar de hablar, se desploma en el suelo y se reúne con su padre y hermano. La gente del pueblo queda conmovida por sus palabras y adopta esos tres colores como símbolo de su fuerza, independencia y unidad.

Sixto Rodríguez