Lucy García

Hace algunos años, en época de Navidad, un sacerdote amigo me preguntó: “¿Qué es para ti la Navidad?” Inmediatamente contesté: “Es la mejor excusa para regalar”. Y es cierto. Lo que más me gusta de la Navidad es pensar, encontrar, comprar, empacar y dar los regalos. Los que me conocen bien, saben que así es.

Pues bueno, los regalos para mis hijos son para mí un reto cada año y en ese entonces encontré el regalo perfecto para mi hija de 7 años. Se trataba de un oso de peluche color café con un moño a cuadros preciosos y una carita dulce y tierna; pero lo que más me atrajo del osito fue su forma de hablar. Tan solo con presionar su oreja derecha, establecía una conversación con preguntas y comentarios que hacían sentir una interacción real con él. Además movía su boquita y cabecita de una forma muy ingeniosa. Como a mi hija le encantaban los osos y sentía una gran identificación con ellos, no lo dudé: ¡Era el regalo perfecto!

A los dos días tuve la oportunidad de asistir a una charla sobre juguetes que con motivo de la Navidad organizaron en el preescolar de la escuela Waldorf de los niños. Esa charla desencadenó en mí todo un proceso que se inició hace seis años. En aquel entonces, en un curso sobre el primer septenio organizado por la escuela, nos pidieron que cerráramos los ojos y recibiéramos en nuestras manos una pieza de un juguete y, manteniendo los ojos cerrados, dijéramos todo lo que se nos viniera a la cabeza. Rápidamente todos comenzamos a hablar y se escucharon palabras como: cuadrado, liso, frío, pequeño, útil, es una parte de algo, puedo construir, plástico, recto. Tan rápidamente como empezamos a hablar, nos callamos y pararon las ideas.

A continuación, nos quitaron esa pieza y nos la cambiaron por otro objeto y seguimos las mismas instrucciones. En esta segunda ocasión las frases tardaron un poco más en aparecer y se escucharon cosas como: naturaleza, huele rico, bosque, sauna, nido de pájaros, esperanza, salud, sombrero de gnomos, áspero, semilla, vida, humedad, vacaciones, chimenea, aire libre, pureza, tarde soleada pero fría, día de campo… y así seguimos durante algunos minutos en los cuales todos parecíamos volvernos poetas y transportarnos a otro mundo.

Las palabras relacionadas con el primer objeto fueron muy concretas, conceptuales y parecían salir de la cabeza desarrollándose en el plano meramente intelectual. En cambio con el segundo objeto las palabras nacieron de los sentidos, del corazón, de la piel, del alma y, por supuesto, también de la cabeza.

El primer objeto… una ficha de lego.

El segundo… una semilla de eucalipto.

Más tarde asistí a la charla sobre juguetes de la que les hablé. En esta ocasión nos pidieron que jugáramos con los juguetes típicos de hoy en día (de pilas y por supuesto de plástico). Fue muy interesante ver cómo frente a las muñecas de múltiples vestidos (también de plástico), los bebés que lloran y hacen pipi, los camioncitos y trenes que andan con pilas y hacen sus propios sonidos, los mini juegos de video y los muñecos modernos que hacen cosas, todos los papás nos abalanzamos a tomarlos en nuestras manos y descubrir cómo funcionaban y hasta nos “peleábamos” por ver algunos de ellos (los más novedosos). Pero, a los 10 minutos, ya nadie siguió jugando y todos nos pusimos a charlar.

Luego nos llevaron a los salones de nuestros hijos que están llenos de telas, lanas, cocinitas de madera, listones, piedras, troncos, carros de madera, caballos de trapo, móviles de semillas, bebés de trapo en sus carriolas de mimbre y muchas otras cosas y nos pidieron que jugáramos.

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Tengo que confesarles que me costó mucho trabajo comenzar a jugar. Me sentía ridícula y no sabía muy bien qué hacer. Pero gracias a la paciente insistencia de las maestras y al alma de niños que se revela en el caso de los papás (hombres) y que les facilita jugar más rápida y espontáneamente que a las mamás, finalmente, me adentré en el ejercicio y comencé a jugar. No quiero hacerles muy largo el cuento, pero el caso es que llevábamos cerca de media hora y el juego no terminaba.

La verdad es que ese día aprendí muchas cosas. Fue toda una experiencia en la que observé tres comportamientos que llamaron mi atención:

Primero que todos nos vimos obligados a interactuar unos con otros. Difícilmente puedes vender un helado si no tienes quien te lo compre y, si tu bebé lloraba te preguntaban ¿por qué llora? De paso tomas café, comes donas, te dejas estrellar por un camión y le destruyes la torre al vecino.

En segundo lugar, nos vimos enfrentados a decidir qué era exactamente en lo que queríamos que se convirtieran los objetos que teníamos al frente. Así logramos que los aros de madera (de esos que se utilizan para las cortinas) fueran donas, fichas, monedas, barquillos y cualquier otra cosa que se nos ocurriera. Los troncos se convirtieron rápidamente en caballos, carros, perros y aviones. Los bebés (que de hecho no tienen carita) podían estar tristes, felices, hambrientos, enojados, dormidos, estresados o despiertos (dependiendo de la proyección interna que cada uno hiciera en ellos). Las telas de colores se convirtieron mágicamente en capas de príncipes, velos de princesas, cobijas, manteles de picnic, y con un poco de ayuda de las maestras, en sombreros y rejas de conejos. Los bloques de madera fueron desde carreteras hasta teléfonos celulares, pasando por ser ladrillos de pirámides, cocodrilos, carritos y campos magnéticos de protección.

Finalmente, nos fue necesario decidir cómo sonaban las cosas. Los ruidos de llanto de los bebés, el sonido de los motores de carros y trenes, el ladrido de los perros y demás ruidos, debían ser producidos por nosotros mismos y la variedad era infinita, dándoles a cada bebé, carrito, tren y perro una identidad propia.

Como les decía antes, ese día aprendí muchas cosas. Salí con la cabeza y el alma llenas de inquietudes y reflexiones, y, mi gran pregunta todavía es: si un grupo de 12 adultos pudo jugar con esos “juguetes sin terminar” y crear diferentes situaciones utilizando nuestro oxidado don de la imaginación… ¿se imaginan lo que pueden crear nuestros hijos que son los maestros de la fantasía? No podía dejar de imaginarme a mis hijos enfrentándose todos los días a esta bella oportunidad de crear y recrear sus propios juegos y que, disfrutando de este proceso, los hará adultos más creativos y abiertos a la solución de problemas.

No busco que mis hijos tengan un futuro sin problemas (eso es algo que no puedo controlar), tampoco quiero que sepan muchas cosas y se conviertan, como dice Rosa Barocio, una muy reconocida educadora de Cuernavaca, en niños “champiñón” (con la cabeza más grande que el cuerpo), pero si logro que sean más creativos y que puedan hallar varias soluciones a los problemas que se les puedan presentar… entonces todo esto habrá valido la pena.

Epílogo: El oso mecánico que le compré a mi hija fue devuelto a su lugar original y reemplazado por un hermoso y sencillo juego de cocina de porcelana en una canasta de mimbre.

Publicado en Al alba, año 1, no. 3.