Porque, por un lado, todos los procesos vitales tienen ritmos específicos y, por otro, el orden rítmico de las funciones todavía no está desarrollado en los niños y necesita ser estimulado.

Con los ejercicios rítmicos, los procesos físicos de los niños son repetidos en condiciones comparablemente semejantes; por ejemplo: nuestra respiración es un modelo de ritmo; ninguna respiración se asemeja a la de otro en cuanto a profundidad y duración. Los ritmos siempre equilibran los opuestos; donde se encuentren los opuestos en la naturaleza, los ritmos pueden regular la situación.

Los ritmos son la base de cualquier proceso de adaptación. Aunque ninguna repetición rítmica es exactamente igual a la que la precedió, siempre existe un juego sutil en torno a la media, con procesos rítmicos capaces de una adaptación elástica. Por el contrario, un pulso rígido sería totalmente inflexible, incapaz de equilibrar o integrar algo.

El ritmo desplaza energía. Cualquier cosa que ocurre de manera regular necesita menos energía que cuando ello ocurre fuera de un tiempo habitual o circunstancias regulares, como un evento inesperado.

Las actividades rítmicas y regulares llevan a la creación de hábitos, que son la estructura de apoyo básica en todo el desarrollo del carácter y la personalidad. Si desarrollamos hábitos de horarios para comer y dormir, si estamos habituados a organizar el día de manera efectiva, de modo que trabajo y juego, tensión y relajación están en una buena relación, estamos mejor equipados para, por ejemplo, enfrentar el estrés de la vida diaria. Cuanto más estemos a expensas de las circunstancias externas o de nuestras inclinaciones momentáneas, no teniendo nuestro propio ritmo, más estaremos en peligro de sobreestimular nuestras capacidades y llegar a un estado de agotamiento.

Con cada repetición, los niños fortalecen su voluntad y su disposición a actuar. 

Texto adaptado de uno de la Dra. Michaela Glöckler.