Para preservar la salud física, contamos con prácticas que podemos integrar a nuestro diario vivir: ritmo adecuado, alimentación saludable, hidratación, suficiente número de horas de sueño de acuerdo con la edad, ejercicio, contacto con la naturaleza y una buena disposición vital, es decir, pensamientos y sentimientos positivos, como la confianza, el deseo de conexión con otros, la gratitud, el sentido de cuidado mutuo. La enfermedad hace de nuestro cuerpo y alma su casa cuando nos encuentra carentes o deficientes de todo lo anterior, por ello el autocuidado cotidiano es el primer escudo contra cualquier amenaza externa, incluyendo los patógenos, como el SARS-COV-2.