El limitar o anular el acceso de los hijos a las pantallas cuando son pequeños (primer septenio) es parte de la base de una pirámide que se irá levantando conforme van creciendo.  A mí me encanta la imagen de un autor canadiense, quien equipara las pantallas con el postre, aquello que debe aparecer hasta el final de la comida completa, símil del desarrollo del niño, desde su infancia hasta la pubertad o adolescencia. Por lo tanto, no podemos comenzar la comida por el postre. Si seguimos el curso natural de las etapas como seguimos el curso de una comida, para cuando lleguen a 5º o 6º grado (algunos después, en la secundaria), los niños cuentan ya con la nutrición emocional adecuada y segura desde donde ampliar su círculo de relaciones y de acción.

Yo identifico tres etapas distintas en el desarrollo de los lazos de vinculación. La primera etapa, cimientos amplios y anchos sobre lo que vendrá lo demás, son las relaciones familiares, tanto con la nuclear como con la extendida. La segunda etapa, una menos extendida, pero también mayor, son las relaciones escolares, las que establecemos con los compañeros, los amigos, los maestros de la escuela. La tercera etapa es la de los pares en la pubertad y la adolescencia; en esta etapa aparece el “todos tienen uno” o “todos hacen eso”, pero yo creo que las normas  y valores entre pares, propias de esta etapa, no son menos importantes que las de la primera etapa, ni tampoco deberían pasar por encima (y anular) las normas y valores familiares. De hecho, desde mi punto de vista, estas últimas son más importantes que aquellas, pues son la base sobre la cual los pubertos y adolescentes decidirán cómo moverse entre las normas y los valores de los pares, y podrán saber que no necesitan hacer todo lo que su grupo de pares “prescribe”.

 Este texto es una traducción y transcripción de una conferencia oral, impartida en noviembre de 2016, por Kim John Payne.